El Grupo

Teatro Occidente

Si como el Griego afirma en el Cratilo,el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa,
y todo el Nilo en la palabra Nilo”.
Borges, El Golem.

Pensar a Occidente es pensar una tierra en la que se ha
venido configurando la vida de una civilización que se
extingue. La tierra del ocaso, la tierra del ocultamiento.
Nuestra condición occidental tiene que ver con esa
certeza, pertenecer a una tierra de penurias. Somos parte
de una civilización que ha venido desmoronando sus
fundamentos: el ser, la verdad, lo bello, lo bueno.

Es interesante pensar cómo desde los griegos hemos hecho
montones de intentos por establecer permanencias y
definiciones últimas sabiendo que no es así, que es
imposible detener el flujo de la vida en una definición,
una teoría, una ley, una institución.

Pensamos durante muchos siglos que la occidentalidad
era sinónimo de estabilidad, sinónimo de civilización,
pero desde Nietzsche y Heidegger sabemos que somos la
tierra del fundamento hecho trizas y aun así hemos
decidido que una de las palabras de nuestro nombre sea
Occidente porque nos reconocemos herederos de una
crisis fundamental, somos el olvido del ser, el ocaso, el
tránsito hacia lo otro que no sabemos qué es. Sin
embargo, en toda crisis hay un sentido de transformación,
como el Ave Fénix, que justamente emerge desde las
cenizas. Incluso pensado desde nuestra condición de
colombianos, algún día cesará la horrible noche, o como
señala Nietzsche, “sólo donde hay tumbas habrá
resurrecciones”. Occidente es nuestra tierra y es una
tierra en la que nos toca reconstruir cotidianamente el
sentido, cada atardecer es apenas el ánimo para amanecer
de nuevo, para perseverar en el ser.

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