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RICARDO III
Por. Carolina Ramírez


Durante el mes de agosto estuvo en escena uno de los montajes más ambiciosos y estéticamente satisfactorios del grupo Teatro de Occidente. Bajo la dirección de Carlos Sepúlveda, un grupo de jóvenes actores se entregó a la difícil tarea de llevar a Shakespeare a escena y lo lograron con éxito. La fórmula: una propuesta escenográfica atractiva, una interpretación convincente y una apropiación del texto shakesperiano precisa. La siguiente es la reseña de un montaje que devela la actualidad de Shakespeare. Un montaje que le habla al hombre colombiano contemporáneo.

El grupo Teatro Occidente nace en 1998 en la localidad de Suba y durante estos años se ha convertido en un laboratorio de formación y experimentación artística, en un continuo cruce de vivencias que siempre apela a la pregunta por la relación entre la vida y la creación artística. Su último montaje, Ricardo III, se constituye en afirmación de sus búsquedas, manifestación latente de la posibilidad de traer a escena metáforas que le hablen a la actualidad y al país.

La propuesta escenográfica del montaje es sobria pero precisa. El centro del escenario lo ocupa una mesa rectangular que hace las veces de podio y patíbulo. Vemos a los personajes congregarse alrededor de ésta para discutir asuntos relacionados con política, pero también los vemos morir allí a manos de Ricardo Gloucester y de sus sangrientos emisarios. Por su parte, el piso está cubierto de arena, aspecto que inmediatamente nos remite a un ruedo, espacio destinado a desollar al otro; destinado a mancharse de sangre. Efectivamente, los personajes de Ricardo III lidian contra una fuerza que les es superior: la atroz deformidad de un poder totalitario. Completan la escenografía una pequeña mesa en la esquina derecha del escenario, sobre la cual reposa un recipiente de cristal con agua. Ésta es al principio clara pero, paulatinamente, Ricardo Gloucester enjugará allí sus manos y el agua terminará teñida de sangre; agua que posteriormente se beberá. Este efecto es evocador y logra crear una atmósfera de repugnancia.

La escenografía se complementa con un tabique en la parte posterior que hace las veces de puerta y soluciona problemas de entradas y salidas de los actores. El espacio está bien aprovechado por los actores, quienes a través de distintos juegos, por ejemplo persecuciones circulares, logran dar la impresión de la asfixia y de la imposibilidad de escapar a la podredumbre arrasadora del poder, manifestado en Ricardo Gluocester. La interpretación que de este hace Jorge Acuña es, sin duda, la más sobresaliente; la deformidad física del personaje, no se ve impostada sino asumida, y sorprende por las capacidades físicas del actor. Este es uno de los personajes más exigentes, física y emocionalmente, del teatro shakesperiano, y exige, para no convertirse en caricatura, unas destrezas interpretativas especiales.

A este respecto, se revela otra de las peculiaridades de este montaje, se trata del manejo del texto. Fieles al texto shakesperiano se enfrentaban a la incomprensión o a la falsedad declamatoria. Sin embargo, los actores del Teatro Occidente lograron apropiarse del texto, para que resonara en los oídos del público incluso al abandonar la sala. Aunque algunos lo  logran mejor que otros, en conjunto se nota el trabajo. Por otro lado, también se destaca la interpretación del grupo de actrices, –Beatriz Carvajal, Sirley Martínez y Paola Ospina-, puesto que sus personajes son el contrapeso de la violencia y crueldad de los personajes masculinos; aunque finalmente ellas también terminan alcanzadas por la horda salvaje de la ambición. Otras de las imágenes sobresalientes del montaje, son el juego con los muñequitos; los fantasmas que atacan a Ricardo en la escena final y el tango que bailan Lady Ana y Ricardo como coreografía del sometimiento. En síntesis se trata de un montaje que confirma las palabras con las que su director lo introducía: “No somos indignos de Shakespeare”.

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